La vida es como una ruleta, todo esta echado a la suerte y nadie se salva de lo que le toca. Puedes ganar y tener lo mejor para ti solo, tal vez tengas compartir tu ganancia con otro apostador, pero si pierdes; todo lo apostado se va a la basura.
Así es la vida, en un segundo puede dártelo todo, o puede quitártelo en un abrir y cerrar de ojos.
Hace tres horas que camino sin rumbo, ya me he perdido, mi pijama que solo es un short y una remera de tiras está empapado por la lluvia y mis pies descalzos están lastimados, mi cabello es un asco al igual que mi maquillaje que de seguro está todo corrido, la noche es oscura y mi única acompañante además de mi psicópata interna es la luna. Fría y llena, blanca y serena, iluminando el cielo nocturno con menos intensidad que el sol.
Cuando al fin encontré una banca, debajo de un árbol lo suficientemente robusto como para resguardarme de la lluvia, pero también lo suficientemente frágil como para que un viento sople violentamente y el árbol caiga aplastándome por completo. Minutos después de pensar y pensar me decido a sentarme en la banca, bueno; digamos que mis pies se guiaron solos.
La lluvia era menos intensa debajo de aquel frondoso árbol, me senté y me quedé mirando como las gotas de agua caían desde el cielo hasta romperse en el asfalto de la calle. Observé la planta de mi pie y comencé a quitar los pedacitos de vidrio roto, uno a uno.
¿En qué momento cambió todo tan de repente? Mañana me mudaré a Inglaterra, mi madre se casará en dos meses, y tendremos que vivir allá, adiós amigas pocas pero buenas, adiós casa mejor llamada hogar, adiós Las Vegas, mi amada ciudad, jamás me olvides.
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